domingo, 22 de diciembre de 2013

Navidades pasadas, presentes y futuras... (5)


LA NAVIDAD DE UN NIÑO POBRE Y RICO
Copyright 2012 María del Pino
Publicado en el blog de la escritora: Soñando la Felicidad

Benito Benjamín (o como le llamaba su amigo Pepín: “Doble-Ben”) era un niño que no creía ni en la Navidad, ni en los Reyes Magos. Siempre caminaba por la calle, en los días de invierno, cabizbajo y pensativo, con las manos en los bolsillos. No era muy feliz porque siempre estaba pasando penurias. Vivía con su vieja y pobre abuela Bernarda. La quería mucho, pero echaba de menos el calor de unos padres. Mamá, desde el extranjero, siempre le había contado en sus cartas que papá fue un pintor muy bueno, pero que se marchó al cielo porque aquí estaba muy malito. Le explicó que subió allí para estar siempre bien y decorarle al Señor los cielos que él cada día veía. Ella, por su parte, tuvo que partir al extranjero con un montón de obras de arte de su difunto esposo para tratar de sacarles partido a la vez que buscaba un trabajo. De vez en cuando les mandaba algo de dinero. No era mucho, pero gracias a ello pudieron comprarse (su yaya y él) algo de ropa para los veranos, zapatos y comida. Las prendas de invierno las mandaba su madre cada dos años de una casa para la que trabajaba. En la última carta que les escribió, dijo que un hombre parecía haberse dado cuenta del talento de su padre, así que estaba tasando, mediante un experto, el valor de los cuadros para comprarlos.
  
Aunque Benito no se quejaba y hacía siempre lo que la abuela le mandaba, no soportaba los días del año en los que el alumbrado salía a la calle a lucir su comercial alegría. Además, el frío hacía que se tuviesen que abrigar para no coger un resfriado con esos chaquetones tan grandes, poco calentitos y feos. Y sus amigos (lo poco que los veía) no hacían otra cosa que querer más y más juguetes por esas fechas. Así que podemos decir con seguridad que su tristeza más honda llegaba de la mano de la Navidad. Solía sentirse muy solo, ya que veía, en esos días tan señalados, que todos los niños estaban con sus familias y hablaban de cosas que a él le parecían un sueño inalcanzable.

Su abuela, para alegrar el ambiente cargado de soledad y vacío, ponía cada año una mesa con un pañito blanco (bordado por ella) de cuando se casó, junto a unas velas rojas, carcomidas por los años y las noches de apagón. Allí, al lado de estas, ponía la foto del abuelo, de su padre pintando un lienzo enorme, del tito que también se marchó al cielo siendo un niño y de su madre sentada cerca del río cuando era más joven. Para darle un toque más Navideño al asunto, esta colocaba un pequeño niño Jesús que solía habitar en su habitación y dos calcetines rojos (uno de ella y otro de Benito). Aunque a él no le gustaban esos adornos tan cutres y quería poner unos más bonitos para su yaya, sonreía mucho con tal de que esa gran mujer que lo estaba criando fuese feliz unos segundos. 
  
Como eran muy pobres, Benito no tenía más juguetes que un viejo cochecito que le dio su amigo Pepín. Un día, hacía ya dos años, vino a su casa y trajo dos coches para jugar porque sabía que no tenía juguetes. Antes de irse, al ver que era de verdad lo que el niño decía, le regaló uno. Eran muy buenos amigos.
  
Su abuela Bernarda, apenada de no poderle comprar nada en Navidad, ya que todo su sustento lo destinaba a la comida (y a veces hasta les había faltado), siempre le decía que, como vivía con una vieja que hacía mucho que no tenía niños, los Reyes Magos no sabían que estaba ahí con ella y que, por eso, no le podían traer nada. Así pues, se hacían regalos mutuamente el día seis de enero. Ella le echaba en el calcetín unos caramelos y él le ponía unas flores que recogía el día de antes, justo cuando llegaban a su casa después de ver la cabalgata y de que la abuela cogiese algunos de los caramelos que añadía a los dos o tres más bonitos que sí compraba.
  
Un día, Pepín llamó a su puerta junto a su padre, Jaime. Este venía para invitarlo a su casa a jugar al día siguiente y él accedió encantado. Se alegró de que se hubiese acordado de él y de que su padre lo trajera para avisarle. Fue un detalle, ya que Benito no tenía teléfono, ni televisión.

Cuando Pepín lo recogió y lo llevó a su casa, se sorprendió. Vivía en un piso humilde, pero para él no había pobreza por ningún lado. Tanto le impresionó, que no pudo evitar exclamar un “guauuu...” al ver a su madre, Paquita, con el delantal puesto y una sonrisa en la boca al recibirlos, el decorado Navideño tan bonito que cubría la puerta, la entrada del pasillo llena de adornos y el salón de fondo desprendiendo calor.
  
Al llegar a él, Benito no pudo evitar salir disparado hacia el árbol de Navidad que se situaba en la esquina más lejana.

-¡Pepín! -se emocionó-. No sabía que vivías en una casa tan grandota.

-¿Grandota? -se sorprendió el otro dando una risotada.

Era apenas un piso de noventa y dos metros cuadrados. Los padres de su amiguito, un poco extrañados, le preguntaron por qué le parecía tan grande y él, inocente cual niño que era, habló sin más:

-Mi casa es como el salón y el pasillo. Tenéis televisión, un árbol enorme dentro, muchos aparatos -señaló el equipo de música-, estáis juntos viviendo como reyes -sonrió alegremente y concluyó la frase con un simple:- ¡¡y Pepín me ha dicho que tiene muchos muñecos para jugar!!

-¡Será que tú no tienes! -al padre pareció hacerle gracia.
  
-No, señor. Mi único juguete fue el que me regaló Pepín... -su inocencia cortó a los padres, pues recordaban que tuvieron que decirle a la abuela que era un regalo, que no lo había robado, ni se lo había dejado olvidado.
  
-¡Doble-Ben! ¡No hables más y vamos a jugar antes de que mi madre saque las galletas! ¿vale? -le agarró del maltrecho chaquetón y este crujió hasta rasgarse un poco en un leve tirón.
  
-¡Anda! ¡Mi abrigo! -exclamó.

-No pasa nada... Yo lo arreglo... -lo cogió la madre de su amigo.
  
Los niños, ilusionados y olvidando el incidente, se fueron corriendo a la habitación del joven anfitrión, dejando atrás al matrimonio. Estos se habían quedado conmocionados ante las palabras del chiquillo y lo poco que sabían de él a través del profesor y de su hijo. La mujer miró el desgastado chaquetón (dos tallas más grandes) y negó con la cabeza. El marido simplemente le dio dos palmaditas en el hombro antes de ir a quitarse su elegante abrigo largo.
  
Al llegar al cuarto, Pepín abrió la puerta y Benito creyó pisar el paraíso. La habitación de un niño cualquiera, con peluches encima de la cama, un puñado de libros con dibujitos y varios muñecos (y coches) en un pequeño baúl, le parecieron a él "JUGUETELANDIA". Emocionado, le pidió permiso a su amigo para poderlos tocar y este se rio, alegando que tenían toda la tarde para divertirse con ellos.
  
El pobre niño, al escucharlo, hizo de tripas corazón para no llorar mientras disfrutaba del momento. Era pobre, lo sabía bien. Pero no comprendió cuánto hasta que vio las “riquezas” de su amigo, un pequeño de clase humilde y de padres de sueldos normales.

Paquita, con encanto y bondad en el rostro, apareció por la puerta y los llamó para ir a merendar. Ya no tenía el bonito delantal de antes, así que Benito pensó que saldría a la calle (su abuela siempre tenía el delantal en casa). Al acompañarlos al salón, se encontraron al padre colocando en la mesa unas servilletas y sirviendo café en dos tazas. Iban a merendar todos juntos. Este se sentó y cogió el periódico después de dedicarles una afable sonrisa.

-¡Vamos a comer! ¡Mi madre hace unas galletas estupendas!
  
Benito, sorprendido, corrió tras su amigo hacia las sillas. Él nunca había visto, ni probado, unas galletas hechas por una mamá, así que cuando el aroma dulce impactó en su cara, junto a la calidez que estas pequeñas delicias desprendían, la boca se le hizo agua.

Mientras merendaban, él estaba disfrutando como un "Marqués". Bebía batido de chocolate, comía galletas con forma de estrellitas, bollos rellenos de cacao que el padre compró para ese día... Era todo un festín.

Paquita, que conocía a la madre del niño un poco, ya que hablaban por teléfono cada X tiempo para decirle que habían recibido el paquete bien, o la transferencia, le preguntó desde cuándo no hablaba con su mami. Este respondió que llevaba sin verla en persona tres años y medio y que desde que se fue, solamente había leído sus cartas con la ayuda de la abuela. De la última, hacía ya medio año.

La mujer miró a su esposo y este, a su vez, soltó el periódico. Ambos se levantaron y cuchichearon un rato en la cocina. Habían decidido darle un regalo de Navidad al pequeño Benito. Ella descolgó el teléfono y marcó muchos números mientras el padre los entretenía con un truco de magia que parecía hacerles mucha gracia.

-Benito -lo llamó ella después de hablar un rato-. ¿Has escuchado alguna vez lo que se oye al otro lado del teléfono?

-No, ¿por qué?

-¿Quieres oírlo? -le extendió el auricular con una bella y enternecedora sonrisa.
  
-¿Puedo? -se mostró contento.
  
Al otro lado de la línea, alguien temblaba al oír su voz de fondo.

-¿Sí? ¿Hola, hola? -dijo el niño con alegría al pegárselo a la orejita.

-Be-Benito... -susurró una mujer entrecortada.
  
-¿Sí? ¿Con quién hablo? -su tono seguía mostrando felicidad.

-¿No-no me reconoces? -la dama del otro lado del auricular seguía temblando.

-No... ¿quién eres? ¿Me conoces? -el pequeño tragó saliva. Se preguntaba quién sería esa mujer que parecía saber quién era él.

-So- soy... -los sollozos impactaron sobre el chiquillo-. Soy mamá...
  
Momentáneamente, se separó el teléfono de la oreja con la boca abierta y con el corazoncito sobrecogido. Al escucharla llorar, enseguida habló:

-¿Mami? ¿Mi mami? -palideció ansioso.

-Sí, cariño -trató de recuperar las fuerzas.

Benito, aferrado al teléfono como si su vida dependiera de ello, comenzó a soltar una lágrima tras otra por sus mejillas. Escuchaba todo lo que su madre le decía sin apenas articular una sola palabra. El padre de su amiguito se acabó llevando a su hijo porque le afectaba ver a su compañero de aventuras infantiles tan afligido.

Finalmente, la madre le pidió que le pasara el teléfono a Paquita y así lo hizo tras despedirse con un: “te quiero, mamá. Te echo mucho de menos”. Ambas mujeres hablaron durante un rato. Una le agradecía a la otra el gesto tan inesperado, ya que sabía que no tenían teléfono en casa de la abuela por falta de dinero. Le dijo que la llamaría más tarde para conversar con ella, que ahora debía irse al trabajo. Estaba intentando conseguir el traslado a España. La madre de Pepín colgó con una congoja muy grande en el rostro. Una que trataba de salir a flote. El nudo que sentía oprimiéndole el estómago le había dejado un mal sabor de boca. No sabía si había obrado bien o mal, pues ahora, una mujer marchaba al trabajo dolida ante la cercanía y lejanía de un hijo. Y... el pequeño Benito se hallaba llorando a mares en mitad del salón de su casa. No podía dejar de pensar que después de tanto tiempo... el chiquillo había escuchado la voz de su madre. La buena mujer no sabía si eso habría sido algo positivo para el crío. En parte, se arrepintió.

Tranquilizó al niño con su alma maternal y unos cuantos abrazos. Benito se recuperó enseguida porque, en realidad, le habían dado una gran alegría. Cuando llegó la hora de marcharse, la madre de su amigo le dio un abrigo nuevo. No quiso aceptarlo. Era un regalo muy caro. No obstante, Paquita se lo puso y Pepín le sonrió. Como era muy listo, le dijo:
  
-¡A ti te queda muy bien, Doble-Ben! A mí no, así que llévatelo y enséñaselo a tu abuela. Seguro que también dice lo mismo que yo... -agarró a su madre y esta buena señora le sonrió, orgullosa.
  
Jaime, satisfecho también ante el comportamiento de su hijo, le extendió la mano a Benito. Este la agarró muy agradecido. Antes de salir por la puerta, la enternecedora mujer metió en una bolsa de plástico varios dulces y una botella de batido de fresa que había quedado entera. Se la dio junto a las tres últimas galletas en una servilleta (aunque la pesada bolsa la cogió el hombre, claro). Servilleta que guardó en su nuevo abrigo. Expuso que su abuelita sería muy feliz si se lo daba, así que el chiquillo se alegró, le dio un abrazo de esos que llegan a lo más profundo del alma y se marchó por la puerta con un gran caballero de la mano.
  
Al llegar, la abuela se extraño mucho. Estaba muy guapo con ese chaquetón. Miró al acompañante de Benito buscando una explicación en sus ojos mientras esta inocente criatura saltaba alegre, soltando de manera apabullante lo que había vivido en esas horas.

-Hijo... -el hombre silenció al niño con cariño-. ¿Puedes guardar los dulces y ponerlos bien mientras hablo con tu abuela de cosas de mayores?
  
-Sí, por supuesto -emocionado al escuchar la palabra “hijo” cogió la pesada bolsa y se fue a la cocina.

-¿Podemos hablar, señora?

-Desde luego, pase, pase, joven... -su voz sonaba cansada.
  
Una vez dentro, Benito se dedicó a amontonar en la despensa las dos palmeras de chocolate plastificadas una encima de la otra y los pastelitos. Los colocó justo por el orden en el que se los daría a probar a la abuela. El batido de fresa lo guardó en el pequeño y medio vacío frigorífico que tenían. Entretanto, tarareaba feliz. Nunca había vivido nada parecido. Además, como solamente en su cumpleaños compraban batido, veía el interior de la nevera precioso con ese color fresa pálida. Pensaba continuamente que había hablado con su madre, que había comido como un niño rico (es decir, normal), que lo habían tratado como a un rey, que jugó con muñecos y que le habían regalado un abrigo precioso. Era el día más emocionante de su vida.
  
Mientras él pensaba que era la Navidad más buena y bonita del mundo, los adultos hablaban en el salón sobre cosas importantes. Quedaron en verse en dos o tres días para tratar un tema que la madre del chico le había comentado a su mujer, por lo que volvería por la mañana con Pepín para que jugaran mientras tanto.

Antes de finalizar la conversación, Jaime les dijo a los dos que este año pasarían el fin de año con ellos ya que no irían a ningún lugar.
  
-Caballero... No queremos interrum...

-¡Nada, mujer! -exclamó cortándola-. Y llámeme Jaime, ¡por Dios, señora! -sonrió-. Le aviso que mi mujer no acepta un no como respuesta. No querrá que esta noche, este pobre servidor, duerma en el sofá por no haberla podido convencer a usted, ¿no? -curvó sus labios con amabilidad y dulzura.
  
A Bernarda se le hicieron los ojos agua. Agarró su pañuelo, enjugó sus lagrimas y lo bendijo a él, a su esposa y al adorable Pepín. El hombre se marchó y el chiquillo, ilusionado, le mostró los dulces y le comentó el orden en el que se los comerían. La abuela en realidad adoraba los dulces, pero hacía mucho tiempo que no los comía por poder alimentarlos a ambos, ya que su mísera paga no le daba apenas para mantener el piso, pagar la luz y el agua, pues siendo dos... no tenían a veces suficiente. Por eso, cuando llegaba un poco de dinero de su hija, Bernarda lo usaba para comprarle los libros del colegio a Benito, algún pantalón (ya que el niño crecía o los rompía), para ayudar a llegar a fin de mes y algo que iba ahorrando (cuando le sobraba, que pocas veces era) en una cuenta para el niño, por si algún día le ocurría algo a ella. Ya tenía doscientos euros, una miseria para un caso extremo...
  
-¡Yaya! -captó su atención mientras corría hacia su chaquetón nuevo.

 -¿Qué pasa?

-Mira, yaya... -sacó las galletas-. Me las han dado para ti. La mamá de Pepín, Paquita, es muy buena. ¿A que sí?
  
-Gracias, hermoso mío -le acarició la cabeza mientras cogía una-. Es un ángel. Un ángel...

Mordió la galleta a la vez que le daba otra al chiquillo. Él se sentó en su regazo y Bernarda se meció con este en brazos, cantándole una nana mientras lo arropaba con una manta casi tan vieja como ella.

Llegó la Nochevieja, el último día del año, y los recogió Jaime en su coche familiar. Una vez en la casa, la abuela agradeció a la madre toda su bondad. Solamente se habían visto dos o tres veces en todos estos años de guardería, preescolar y cole, pero la anciana sentía que Paquita y su familia eran personas de las de toda la vida. Cenaron escuchando villancicos, viendo la televisión y a los pequeños bailar mientras disfrutaban de unos mazapanes que a Benito se le antojaron deliciosos. Paquita le puso unas cuantas canciones de copla a Bernarda. Pensaba que le gustaría recordar sus tiempos, y así fue.
  
Esa noche, alejadas de los niños y de Jaime, la mujer habló mucho con la abuela. A Bernarda se le iluminaron los ojos con sus palabras. Tanto, que a la despedida, la anciana mujer abrazó al matrimonio con ilusión. Pepín y Benito se unieron al abrazo entre risillas inocentes.

-Oye... -dijo la madre de su amigo al chiquillo-. Los reyes me han dicho que te van a traer algo a esta casa. ¿Vendréis la abuela Bernarda y tú el día seis por la mañana?

-¡Dios os bendiga! -susurró la anciana.
  
-¿Los reyes? ¿Los Reyes Magos? -se sorprendió.
  
Él nunca creyó en ellos, pero si la bondadosa Paquita decía que existían y que traerían algo para él, este, como niño inocente que era, lo dio por hecho. Una mujer tan buena nunca mentiría.
  
-Esos mismos -afirmó Jaime.

-Yo este año he pedido el juego de cazar mariposas –zamarreó Pepín a su amigo–. ¡Si me lo traen podemos jugar!

Al llegar a su casa, con la abuela sollozando durante casi todo el trayecto en coche, ambos se dispusieron para dormir. Bernarda le deseó al niño un feliz año nuevo y se fue a rezar para que todo saliese bien y para poder ver al pequeño y a su hija muchos más años.

Benito, tras recordar lo bien que se lo estaba pasando estas Navidades, se sintió feliz y dichoso. No pudo llamar a su madre de nuevo, pero disfrutó de una familia. Además, la mamá de Pepín le dijo que pronto hablaría otra vez con ella. Eso era más que suficiente para él.
  
Cerró sus ojitos y se sobresaltó. Se levantó corriendo, se puso las pantuflas roídas que tenía y se dirigió a la mesita Navideña que ponía su abuela cada año. Cogió la foto de su tío y la besó. Luego, hizo la misma operación con la de su padre. Por último, agarró la de su madre. Era una foto antigua, pero ya le puso voz a esa cara. Le dolió no haberla recordado, pero prometió no olvidarla nunca más.
  
Después de soltarla, tomó al niño Jesús y le susurró en el oído, a modo de secreto, sus deseos de Navidad:

-Por favor, niño Jesús, dile a los Reyes Magos que me traigan la felicidad...

Lo soltó con cuidado, se santiguó y volvió a la cama.

El día de la cabalgata pasó pronto. Allí pudo darle una carta a un paje en la que ponía que deseaba la felicidad y ver a su mamá. Se acostaron lo antes posible. Ese día ni recogieron flores, ni compraron o recolectaron caramelos. Benito tenía mucha prisa.
  
Una vez que la GRAN mañana hubo llegado, sonó la puerta con energía. El niño apenas había dormido de lo nervioso que estaba, pero esperó paciente y calentito entre las sábanas a que su abuela le diera la señal. No eran ni las nueve de la mañana. Bernarda, que parecía bien espabilada, se encontraba ya vestida. Ese día se había arreglado su blanco moño un poco más que de costumbre y llevaba dibujada la expresión de felicidad en el rostro. Abrió la puerta, ansiosa, mientras avisaba al pequeño.
  
Él se incorporó con rapidez. Ya tenía la ropa puesta. Cuando creyó que ya estaba listo después de ir al baño y ponerse el chaquetón, se dirigió hacia los adultos.
  
-Benito... Las pantuflas... -señaló la abuela.
  
-¡Vaya! -se llevó las manos a la cabeza y fue corriendo a cambiarse.

 Pusieron rumbo hacia la casa de Pepín. Iban muy alegres en el coche. Jaime cantaba con el pequeño la famosa canción de: “ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos, caminito de Belén. Olé, olé, Holanda y olé. Holanda ya se ve...”. Nada más llegar al portal, Pepín estaba dando botes en su planta. Tenía una bata de estar en casa de Shin-chan y unas pantuflas de Doraemon.

-¡¡CORRE, BENITOOOO!! -gritó eufórico el niño-. ¡Los regalos están sin abriiiirr!
  
Emocionado, subió las escaleras con rapidez. Por suerte para el viejo corazón de la abuela, vivía en una primera planta, así que no se asustó durante mucho rato al verlo correr por un sitio tan peligroso.

-¡¡MIRA!! -le señaló el árbol.
Alrededor de este pequeño y gran pino había muchas cajas y bolsas. Estaba alucinado. Miraron los nombres. Le dieron a papá el suyo, a mamá el suyo...

-¡YAYA! -gritó-. ¡Mira!
  
Le enseñó una bolsa en la que ponía: “Para la abuela de Benito Benjamín”. La señora, emocionada, le dio las gracias a los padres y lo abrió muy conmovida. El nieto se quedó mirando sus ojos llorosos. Estaba contento, feliz de verla sonreír. Finalmente, la abuela sacó una cálida prenda de abrigo. Parecía un jersey grueso. Perfecto para no resfriarse. Dentro también había una bufanda blanca de pelito suave.

-¡Benito, el tuyo y el mío! -el chiquillo le dio una caja.

Mientras Pepín abría emocionado su regalo, él no era capaz de desenvolver el suyo. Miraba a los padres de su amigo y veía en ellos una familia. Vio que tenía mucha suerte de tener a la yaya, a Pepín y a sus padres, a los cuales, desde que conoció más a fondo tanto quería.

-¡EL ATRAPAMARIPOSAS! -exclamó lleno de júbilo-. ¡Me encanta! ¿Jugamos? -miró a Benito-. Oye... abre el tuyo... -le sonrió con curiosidad.
  
Al fin reaccionó y se olvidó de todo. Rompió los papeles con emoción y vio que se trataba del "cocodrilo saca muelas". Ambos niños estaban eufóricos. El padre desapareció junto a Bernarda durante un tiempo mientras Pepín abría un segundo regalo mucho más pequeño. Este no le gustó tanto, ya que eran calcetines. Como se trataba de seis pares (de superman), decidió darle la mitad a su amigo para que pudieran ir al cole iguales. Mientras Benito se lo agradecía con los villancicos sonando de fondo, la madre se dedicaba a montar el juguete de su hijo. Comenzaron a atrapar mariposas los tres. Entre gritos, risas y algarabía aparecieron Jaime y la abuela. Esta venía emocionadísima. Tanto, que el niño se preocupó mucho.

Paquita intervino al ver su rostro y le cuestionó que si quería hablar con su madre.
  
-¿Se puede? -preguntó inundado de alegría.

Su amigo parecía muy risueño. Se reía mucho. Miró a su abuela, la cual afirmaba con la cabeza a la vez que bendecía a esa familia.
  
-Claro -dijo el padre dándole el móvil-. Pero esta vez usarás mi teléfono. Ella ya está al otro lado.
  
-¡ANDA! ¡Un móvil!
  
El pequeño se giró hacia el arbolito y miró las bolas para tener un poco más de intimidad, ya que sabía que se le escaparía alguna lágrima de felicidad. Apreció que se reflejaba en una dorada y su abuela en otra verde.

-Hola, cariño...
  
-¿Mami? -tembló.

-¿Cómo estás?

Él le respondió lleno de júbilo y se dedicó a escucharla. Ella le decía que en Alemania hacía demasiado frío y había mucha nieve. Pese a que le hablaba del frío, la escuchaba cerca. Sintió la calidez de su voz en la habitación, así que cerró los ojos y se la imaginó a su lado, mirando el árbol y agarrados de la mano.

-Benito... -susurró la madre con tanta ternura, que abrió los ojos de golpe.
  
En el reflejo de la bola vio que ella estaba con él. En seguida creyó estar soñando. Parpadeó unas cuantas veces para volver a la realidad, pero la ilusión no se iba. Permanecía ahí, frente a él. Aunque las piernas le temblaron, tuvo fuerzas para girarse y verla arrodillada tras él.
  
-¡MAMÁ! -exclamó varias veces entre las lágrimas que cortaban su respiración, agitándola en mitad de ese hermoso abrazo entre madre e hijo.
  
-Ya he vuelto... Perdóname... Perdóname -susurró dándole un beso en la cabeza al mismo tiempo que las lágrimas se apoderaban de ella.
  
Al separarla para mirarla, vio que era más bonita que en la foto. Jaime, por su parte, trataba de explicarle a Bernarda que su hija había conseguido el traslado definitivo aquí junto a un ascenso, facilitándoles así la vida en muchos aspectos. Además, logró vender casi todos los cuadros por una buena cuantía. Tendrían teléfono y tele. Comerían mejor, se podrían ir comprando ropa poco a poco y, lo más importante para ellos, estarían juntos.
  
El pequeño en esos momentos no escuchaba nada de lo que los adultos decían, solamente daba las gracias a los Reyes Magos y al niño Jesús por haberle concedido su preciado deseo. Ahora vivirían juntos y felices para siempre. Porque un niño pobre, puede llegar a ser muy rico de corazón.
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Envíado por María del Pino
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